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sábado, 14 de mayo de 2016

Un olvido del pasado

 UN OLVIDO DEL PASADO

que yo quiero recordar

 
Allí, donde la llanura es más llanura, y el agua que viene del cielo, no sabe qué dirección tomar...
Allí, donde la tierra es más tierra, y lo pardo domina por doquier
Allí, donde los campos se abrazan al lejano horizonte....
 Allí, es donde se encuentra, en lejanía, un olvido del pasado, que yo quiero recordar...
Su nombre, todavía conserva el apellido que   delata  su cuna,   Autillo de Campos, nombre de pasado glorioso, aunque hoy sea otra cosa.
Buscándolo por la meseta, un día de otoño, cuando los cielos y la tierra se igualan de ténue colorido y los campos descansan de los trasiegos estivales, lo encuentro al fin, disimulado y escondido entre pardas y grises tonalidades,  como si todavía hiciera uso de la  estrategia mesetaria defensiva, recuerdo  de  un  pasado ya muy lejano.  
Cuando la distancia se acorta y su silueta se agranda, callejas y callejuelas muestran la modestia de este pueblo castellano, que abandonado en un  mar de tierra parda, envejecido por siglos, anclado en un pasado que pretende ser moderno, olvidado por la  indiferencia de unos y de otros, recompone como puede el vivir de cada día. 
Padece la incurable enfermedad de Tierra Campos, esa  que ha diezmado lo que  perteneció al pasado, todo lo que es vetusto y viejo, un mal que esquilma y destruye  lo que recuerda esplendor y grandeza . Los síntomas suelen estar al descubierto y lo poco que a veces queda, son ruinas, tejados que se hunden, torres tambaleantes, abandono de danzas, canciones, usos y costumbres, sin que existan manos amigas, almas sensibles que comprendan que no hay futuro posible, si no se ama el pasado.
Y en la descarnada ribera del Valdeginate, que en verano es seco arroyo  y en invierno  turbulento río, en este pequeño pueblo, ya no hay nada, todo lo de entonces, lo que yo busco, vestigios de su regio pasado, todo se lo llevó el viento. Apenas se distinguen, cercanos a la torre de la iglesia, unos restos de adobe y viejo ladrillo  que parecen ser los únicos testigos del pasado  glorioso y por este motivo, creo yo, han sido despreciados y despojados de sus rancios sabores y hoy en día, humillados, son condenados a servir de almacén para los aperos del campo.  

Autillo de Campos.
   Es mejor poner tierra por medio, me decía a mí mismo, enojado, este mal no tiene cura y en ello estaba, cuando de repente, una fuerza desconocida, fulgurante y atronadora, como si de la máquina del tiempo se tratara, zarandea, confunde y transforma mi placentera visión de la otoñal campiña. Y como si de una aparición celestial se tratara, temeroso y sorprendido, entre luces opalescentes y un sonoro silencio, compruebo que allí mismo, en un campo todavía más pardo y primitivo, aparecen frente a mis ojos un tropel de gentes antiguas, en un trajín  que desconcierta. Acecho indiscreto y compruebo que son gentes de armas, hombres a caballo vestidos con trajes de guerra, grupos de arqueros y ballesteros, gentes con largas picas, formaciones de escudo y espada, gentes principales que hacen ondear sus banderas y estandartes. Están allí al pie de una hermosa y vetusta fortaleza, de pardos colores amurallada, de altas paredes almenada que encierran una esbelta torre con vigías que otean el horizonte. Sin pensar, me acerco y debajo de aquel hermoso árbol, al que todos dirigen sus miradas, distingo dos figuras y mi curiosa imaginación se acerca más todavía y oye una voz femenina que dice: “Príncipe Fernando, hijo mío, he sabido que nuestro hermano Enrique I, Rey de Castilla, ha muerto en la sede  del obispado de Palencia, ahora soy yo, Berenguela la Reina de Castilla y con engaño os he hecho venir a Autillo desde la Corte de vuestro padre el Rey de León, para deciros, que es mi voluntad que seáis rey de Castilla, y cuando Dios quiera y heredéis el trono de vuestro padre, uniréis para siempre estas hermosas tierras que llamamos Castilla y León” A continuación tremolaron estandartes, banderas y pendones, sonaron clarines, timbales y trompetas, alzaron en el aire al personaje y un grito seco y grave invadió el lugar, ¡Viva el Rey!

   Ligeramente atontado, no comprendía bien lo que estaba viendo, y de forma automática, mire mi reloj y vi que marcaba las 11 de la mañana del día 14 de Junio de 1217. Sobresaltado, sacudí mi cabeza, salí como pude de aquel lugar, y levantando nubes de polvo, en alocada carrera, me perdí por los interminables caminos de la meseta castellana.


José Herrero Vallejo


Grandiosa y singular iglesia parroquial de Autillo de Campos dedicada a Santa Eufemia, construida en el siglo XVI y  ubicada probablemente, según mi amigo Miguel Ángel Ponce de León, en el lugar que ocupó el palacio de los señores de Autillo, el famoso Gonzalo Ruiz  Girón (1160-1234) colaborador incondicional del rey Alfonso VIII y valedor de doña Berenguela en su lucha con los señores de Lara. Torre exenta probablemente perteneciente al antiguo castillo.

Probables restos de las caballerizas o dependencias del antiguo palacio,  hoy desaparecido.

viernes, 13 de mayo de 2016

La casualidad de un reinado


LA CASUALIDAD DE UN REINADO
Fernando III Rey


Si, nació aquí, en tierras de la vieja Castilla. Por ello, su espíritu, su estilo de vida, estuvo siempre marcado por la austeridad, por el esfuerzo, impregnando así su ser de una continua superación, pues su niñez le había enseñado a conocer lo descarnado de estas tierras que no admiten flaquezas. Su destino, marcado de amor a su tierra y a sus deberes, nació bajo el influjo de una estrella, que en un caminar errante, le fue colocando en aquel lugar que le llevó inesperadamente al reinado de su pueblo.

Los acontecimientos históricos corrieron a su favor, la fortuna y el arrojo, marcaron el periplo de su vida, por eso fue rey, a pesar de un entresijo de futuros aspirantes.

Su padre Alfonso IX fue un extraño personaje, rey de León, tuvo ocho hijos legítimos y diez bastardos y casó dos veces con dos primas hermanas y los dos matrimonios fueron disueltos por la autoridad eclesiástica.

Con su prima Teresa de Portugal, tuvo dos hijas, Sancha y Dulce y un hijo, llamado Fernando, el heredero, que falleció de corta edad. Casa por segunda vez con otra prima, Berenguela, hija mayor del Rey de Castilla y Toledo Alfonso VIII, y nace de este matrimonio una infanta Berenguela que casa con el Rey de Jerusalén; Constanza, religiosa en el Monasterio de las Huelgas, y en la primera decena de agosto de 1.201, nace Fernando, nuestro rey, y en 1.203 otro hijo, Alfonso, llamado “de Molina”.

Son entonces reyes de Castilla y Toledo los abuelos maternos de nuestro personaje, Alfonso VIII y su mujer Leonor de Aquitania, que tienen puesta su esperanza sucesoria en sus hijos: Berenguela, madre de nuestro personaje ya citada, Sancho que vivió tres meses, Sancha vivió tres años, Urraca reina de Portugal, Blanca reina de Francia y madre de San Luis, Fernando promesa de reinado y heredero de la corona falleció a los 22 años de edad en 1.211, Mafalda, Leonor, Constanza reina de Aragón casada con Jaime I, Constanza religiosa en la Huelgas y Enrique el último y menor de los hijos, nacido cuando su madre tenía 44 años.

El 4 de octubre de 1.214, fallecía el rey Alfonso VIII, días después, su mujer y fue elevado al trono el único varón de esta prole, con diez años y medio de edad, ascendiendo este infante con el nombre de Don Enrique I de Castilla, tutelado por su hermana mayor Berenguela y más tarde,  por lo agresivos y famosos señores de Tierra de Campos, los hermanos Condes de Lara. Inesperadamente, muere este joven rey de forma traumática en el obispado de Palencia y se inicia una guerra entre los hermanos Condes de Lara y Berenguela, quien decide traspasar sus derechos al trono a su hijo Fernando, lo que tiene lugar en el pueblo palentino de Autillo de Campos, el 14 de Junio de 1.217.

El día 2 de julio de este mismo año, Fernando es proclamado solemnemente Rey de Castilla y Toledo en Valladolid, manteniendo enfrentamientos con señores feudales, invasores sarracenos y exigencias de su padre el rey de León, que fallece también inesperadamente, el 24 de septiembre de 1.230.

Siguiendo el camino que su estrella le señala, llega triunfante a León, en donde algunos señores no desean la unión con Castilla, pues las herederas al trono, por deseo de su padre, son Sancha y Dulce, sus hermanas. De nuevo su estrella brilla a su favor, y surge un personaje, la reina Doña Teresa, madre de estas infantas, que residiendo en el monasterio de Villabona, en el Bierzo, no quiere que sus hijas sean motivo de una guerra civil, por lo que solicita una entrevista con Berenguela, y acuerdan reunirse en Coyanza, la actual Valencia de Don Juan. Las dos reinas madres y ex esposas del rey de León Alfonso IX, apuestan por Fernando, quién, en la ciudad de Benavente, en compañía de las dos Reinas, las Infantas, los Arzobispos de Toledo y Santiago y una brillante comitiva de prelados, ricohombres y damas de la Corte, se extiende y se firma un documento el 11 de diciembre de 1.230 que le acredita como Rey, enviándose una copia de la concordia al Papa Gregorio IX, quien lo aprobó en el siguiente año, 1.231 el 25 de diciembre.

Así volvieron a unirse, al cabo de setenta y tres años de andar separados, los Reinos de Castilla y León, que hoy llevan el nombre de Comunidad Autonómica de Castilla y León. Su artífice, Fernando III Rey, no es hoy reconocido en sus conquistados territorios, y le han negado liderar el día de la festividad de esta Comunidad, ya que estas tierras están hoy gobernadas por autoridades atentas a otros intereses políticos, y probablemente, su falta de sensibilidad histórica o de conocimientos más allá de sus intereses, les lleva a olvidar  los hechos que marcaron una grandeza, que hoy no es la que tuvieron aquellas tierras, en aquellos otros tiempos.


José Herrero Vallejo

Un rey herido de olvido


 UN REY HERIDO DE OLVIDO



Un día en que Sevilla vestía luminoso cielo azul, y engalanaba sus calles  con  otros azules de jacarandas y buganvillas en flor, un día apacible y sereno,  de temprana primavera, recalé en esta hermosa ciudad,  desde las austeras y polvorientas tierras de la llanura castellana.
 El sol alumbraba poderoso en lo alto, la ciudad resplandecía a su antojo, y todo eran destellos de plata y oro, que zarandeados por la brisa ribereña del legendario Guadalquivir, inundaban el ambiente de parpadeantes  irisaciones  rojas.
El caluroso ambiente callejero, perfumado con aromas de jazmines y madreselvas, con blanco azahar primaveral, enardecía los ánimos forasteros más sosegados, y  fui presa fácil del dulce embrujo sevillano, ese que deslumbra, fascina y embelesa a las gentes de Castilla, cuando llegan por vez primera a tan agraciada tierra.
 A pesar de tan ilusionante recibimiento, mi voluntad me empujaba, sin consideración alguna, hacia el lugar donde yo quería ir, hacia el mismísimo corazón de la Catedral gótica más grande del mundo, la joya cristiana de Andalucía.


Sepulcro del rey situado en la Capilla de los Reyes.
 Allí mismo estaba aquel Rey que yo buscaba, y, que, hace ya muchos siglos, al llegar por primera vez a Sevilla, quedó tan prendado, tan hechizado de estos cálidos y luminosos aires, tan encantado de florida y blanda tierra, que luchó con todo su ahínco por ella hasta hacerla suya y convencido, se quedó aquí para siempre.
En aquel majestuoso santuario, debajo de aquella gran cúpula, enfrente del ábside ocupado por nichos, y  reales esculturas, admiraba  cuanto veía. A los pies de la  Virgen de los Reyes, que preside  tan regia estancia, una urna de plata, labrada hasta lo imposible, recoge los restos de este Rey de Castilla y León, campeador y místico, santo y guerrero, patrón de un pueblo, de una Sevilla agradecida.

Epitafio en el sepulcro del rey en castellano, latín , hebreo y
árabe, atribuido a su hijo Alfonso X.
      Embelesado, transcurría alli senado el tiempo,  y recuerdo que intentaba leer en la distancia, su epitafio:  "Aquí yace el Rey, muy honrado Don Fernando, señor de Castilla y de Toledo, de León, de..." Oí que me hablaban, cerraban ya el templo, me invitaban a salir y comprendí que, en desbordante fantasía, en inquieta visión, en un dormitar y soñar prolongado... “había cabalgado jornadas interminables por la polvorienta y reseca meseta castellana, acompañado de miles de jinetes en  cerradas filas,  monturas enjaezadas  con arneses de guerra,  escuderos de a pie con lanza y espada, arqueros y ballesteros, carromatos, caras de famosos caballeros  de Castilla y León con pendones y estandartes. Caminábamos ligeros y a medida que avanzábamos al sur, se unían más cuerpos de ejército y tantos, que no cabíamos en los caminos e íbamos campo a través. Había luchado a muerte durante días enteros y muchos hombres de los que salieron conmigo de la estepa castellana, de las tierras de León, yacían en los campos muertos y yo, ensangrentado, aclamaba a mi Rey victorioso, como hacían también muchos miles de roncas gargantas, ¡Sevilla era cristiana!... “
  Ya de regreso, en tierras de Castilla, más tranquilo, pensaba que este Rey, que yo había  visitado, y que tan ricamente estaba agasajado en Sevilla, era un Rey nacido y criado en la Castilla medieval, un Rey que se había hecho grande en la ruda y polvorienta llanura y allí había aprendido el arte de la guerra, del esfuerzo y del sacrificio, allí se había hecho hombre cabal.
 Es el mismo Rey que ganó mil batallas, el que obligó a los moros a transportar a hombros las campanas de la catedral de Santiago desde la ciudad de Córdoba, el que  conquistó Jaén, Murcia, tantos sitios y lugares, el que la cristiandad lo hizo santo. Es el hijo de Alfonso IX Rey de León y de Doña Berenguela Reina de Castilla, es el Rey que unió estos dos reinos, el que hermanó para siempre a castellanos y leoneses, el que luchó sin cuartel hasta conseguir que estas tierras fueran una sola tierra, una sola idea.

 Pero aquí, en su patria, no hay nada que lo recuerde. El dicho de que nadie es profeta en su tierra, está en estos páramos más arraigado que en otros lugares, pues en la parda llanura, todo se olvida, porque nada impresiona, como si las gentes no tuvieran corazón.
Fernando Rey representado empuñando su
espada "Lobera", que se conserva como reliquia
en una urna junto a sus restos en la capilla
Virgen de los Reyes en la Catedral de
Sevilla, a la que la traidición atribuye poderes
mágicos, y el orbe en la otra mano en vez del
tradicional cetro.
En campos tan rudos y secos, tan reacios para el halago, y donde  el vivir es un esfuerzo, se comprende que no haya espacio para vanidades y agradecimientos. Esto no es de hoy, ya en los tiempos en que hablamos, no había tregua ni cuartel para debilidades, ni disculpas para descuidos, ni lisonjas para mártires, simplemente se decía  “Castiella face a los ommes e los gasta” ... sin más contemplaciones.
Pero cuando los tiempos y los planteamientos nacionales son otros, y es necesario poner día de fiesta a la flamante Comunidad Autónoma de Castilla y León, nadie se acuerda de este Rey, nadie de la ciudad de Valladolid, nadie de León, nadie  de Autillo de Campos. Le niegan a este Rey el derecho de liderar lo que él hizo, lo que fue suyo, y ahora se lo usurpan unos patriotas castellanos, comuneros leales al antiguo régimen, que se sublevan contra el poder imperial establecido por  un joven y moderno Emperador que viene de países cultos y ricos de Europa, heredero del Imperio Romano Germánico: Carlos I de España y V de Alemania.
Enojados, miramos al sur y buscamos refugio  en la acogedora Sevilla, en donde todavía hoy, hombres de Tierra de Campos, hombres de las tierras de Fernando III el Santo, entregan también su vida desempeñando altos cargos eclesiásticos y  cuidando de este Rey castellano, de este Rey leonés, que olvidado por su pueblo, encontró aquí una ciudad, unas gentes, que agradecidas, lo hicieron  para siempre sevillano de adopción.
                                                     
                            
                                                                                       José Herrero Vallejo

jueves, 12 de mayo de 2016

Fernando III, Rey de Castilla y León


FERNANDO III REY DE CASTILLA Y LEÓN

                            A la Federación de Casas Regionales de Castilla y León en Madrid                                                                                                                              

Miniatura del Túmulo A de la catedral de Santiago de
Compostela.

  La muy leal ciudad de Sevilla, todos los años, cuando finaliza el mes de mayo, se engalana de  flores y de cielo azul primaveral, como eterno homenaje a un Rey de Castilla y León, que al llegar aquí por vez primera, quedó tan prendado de estos cálidos y luminosos aires, tan encantado de florida y blanda tierra, que luchó con todo su ahínco  hasta hacerla suya, y convencido, se quedó aquí para siempre.

Sevilla, recelosa,  guarda sus restos mortales en lujoso cofre de plata al pie de la Virgen de los Reyes que preside  la regia estancia catedralicia, y todos los  30 de mayo, desde  1.252, en que pasó a mejor vida, rinde homenaje a  Fernando III Rey de Castilla y León, campeador y místico, santo y guerrero, patrón de un pueblo, de una Sevilla agradecida.

Retablo mayor de la catedral de Sevilla.
Es un rey nacido y criado en la Castilla medieval, en las austeras tierras leonesas, un rey que se había hecho grande en la ruda y polvorienta llanura, y allí había aprendido el arte de la guerra, del esfuerzo, y del sacrificio. Allí se había hecho hombre cabal. Es el mismo  que ganó mil batallas,  el que  conquistó Jaén, Córdoba Murcia, Sevilla, tantos sitios y lugares, el que la cristiandad le hizo santo. Es el hijo de Alfonso IX Rey de León y de Doña Berenguela Reina de Castilla, es el Rey que unió estos dos reinos, el que hermanó para siempre a castellanos y leoneses, el que luchó sin cuartel hasta conseguir que estas tierras fueran una sola tierra, una sola idea.
   
Dicen, que a la "tercera va la vencida", y así fue como se unieron Castilla y León , pues estos territorios, de límites entonces desdibujados y de riqueza singular, fueron codiciados por muchos, y motivo de enfrentamientos, guerras y derramamiento de sangre, durante siglos, de uniones y separaciones violentas. El destino hizo que un personaje de sangre real  apareciera en su historia, y a pesar de ser lejano en la heredad de los reinos, la suerte,  aliada a su sabiduría y constancia, la generosidad de una madre reina, y la incomprensión de un padre rey, enemistado con su hijo, hizo posible que en el año 1.230,  el Reino de Castilla y el Reino de León,  tuvieran una misma Corona en la testa del joven Fernando, llamado el III, y fue esta unión el punto de partida, el punto de apoyo de la palanca que forzó la Reconquista.

Don Fernando, no fue monje, ni clérigo, ni prelado, pero la sociedad de su tiempo le distinguió con el sobrenombre de santo por la ejemplaridad cristiana de su comportamiento, a pesar de no existir, en aquel entonces, normas espirituales expresamente a seguir, para alcanzar tal dignidad.  Fue un hombre laico, casó dos veces con bellas princesas de otros países, que le dieron quince hijos, además de militar, guerrero y férreo  batallador,  legislador y justiciero gobernante. En lo personal, dicen las crónicas que cuidaba su persona y apariencia, gustaba de trovas y canciones, era aficionado al juego y la danza, amante de su familia, y de sus vasallos, valiente, cortés y afable, que la Iglesia canonizó cuatrocientos años después de su muerte.

Nosotros le recordamos, no solamente por ser el Rey más importante de la larga Reconquista de Hispania, sino, además de los hechos señalados, por otros de índole distinta, pero no menos importantes. Instauró el idioma castellano como lengua oficial de las leyes y documentos públicos en sustitución del latín; preparó la codificación de nuestro Derecho y dicen que el florecimiento jurídico y literario de la corte de su hijo Alfonso X el Sabio, fue fruto de su padre.

Creó la marina de guerra de Castilla, introdujo por vez primera el castillo y el león en banderas, escudos y gallardetes y que hoy siguen siendo todavía nuestros signos de identidad. Emprendió las construcciones de las catedrales de Burgos, Toledo y León. Protegió la cultura fusionando las Universidades de Salamanca y Palencia, dotó generosamente iglesias, monasterios y órdenes militares, suprimió muchas prerrogativas feudales y tantas cosas, que en este encorsetado artículo, en imposible resaltar.

El Fuero Juzgo.
Conviene recordar, que este Rey, incansable, en el año 1.241, después de la conquista de Córdoba, decide atender al ordenamiento de los pueblos y al de sus gentes, y restaura oficialmente el código visigodo, o Fuero Juzgo, y otros tantos e importantes hechos con la que no queremos cansar a nuestro lectores.  


Pero este Rey, ha tenido  mala suerte, alguna vez tenía que ser. Los Comuneros se cruzaron en la historia, en el camino de su recuerdo, y las  gentes le usurparon el liderazgo de la flamante Comunidad Autónoma de Castilla y León, nadie es profeta en su tierra..
 
Decepcionados por tan  legendarios olvidos , en este día, 30 de mayo, es de obligado cumplimiento, recordar y  felicitar, en su onomástica, a todos aquellos que tienen el honor de  llevar en su nombre de pila, el de este Rey, Fernando III el Santo.  

                    José Herrero Vallejo

miércoles, 11 de mayo de 2016

Un Rey para el día de Castilla y León


UN REY PARA EL DÍA DE CASTILLA Y LEÓN


Procesión que tiene lugar todos los años el Día del Santo Patrono
en el lugar de su nacimiento, el pueblo zamorano de
Peleas de Arriba.
    Estos pueblos castellanos y leoneses, desconocedores  muchos de su propia historia, parece que quieren desmarcarse ahora de todo aquello  que en el pasado señaló su propia identidad, y olvidados. y alejándose de él, buscan  nuevos caminos que acrediten su modernidad.

     Y en esta búsqueda, que no puede ser  otra que aquella que se apoya en el trabajo y productividad, en el esfuerzo, en la creación y buen hacer de las cosas, puede suceder que, perdidos, caigan de nuevo en el error y una vez más en el peligro de desviar estas pretensiones hacia rencillas y enfrentamientos políticos que alejen más a esta Comunidad de una deseable prosperidad.

Recreación pictórica del que pudo ser el monasterio de
Santa María de Valparaíso, mandado construir por el
rey Fernando en el lugar de su nacimiento. Dicen
las crónicas que fue uno de los monasterios mejor y más
ricamente dotados de la cristiandad, que desapareció por
motivo de la desamortización.
    Escribo todo esto porque he visto desde mi posición de observador ecuánime, que cuando se acerca la festividad del Día de la Comunidad de Castilla y León, los periódicos, radios y en general medios de comunicación de las diversas provincias, calientan el ambiente con dispares opiniones acerca del significado de lo que este día se festeja. Artículos, cartas al director, emisiones radiofónicas, programas televisivos  contraponen opiniones y algunas  llegan hasta expresar nerviosismo y odio acerca del evento. Este año todavía ha sido peor, pues según dice la prensa, ha habido enfrentamiento físico entre unos y otros castellanos asistentes a los actos, enfrentamiento que como es lógico no puede en los tiempos actuales ir a más, pero refleja bien, a mi manera de ver, el agrio y forzado espíritu que existe en la famosa Campa de Villalar de los Comuneros.

Hoy recuerda el lugar de su nacimiento una pequeña
capilla al pie de la carretera a manera de castillete
donde el cuerpo de Ingenieros del Ejército y Asociaciones
Fernandinas le rinden homenaje el día de su santo.
    Cuando  los planteamientos nacionales se hicieron  distintos a los  que ya existían desde que los Reyes Católicos en 1492  unieron los pueblos de España, fue necesario entonces, en el año 1.983, poner día de fiesta a la flamante y recién creada Comunidad de Castilla y León, pues los tiempos así lo exigieron.

    Creo sinceramente, sin ánimo de ofender, ni de entrar en polémicas, que esta elección que se hizo entonces  no fue acertada, ni mucho menos la más idónea, por  hechos simples que saltan a la vista. No es bueno festejar el recuerdo de una guerra, una guerra  fraticida, entre hermanos, y además, entre castellanos y en la que murieron dramáticamente, en ambos lados, patriotas por defender unos ideales, ideales que  casi a quinientos años de distancia, podemos nosotros, sin partidismos, difícilmente valorar y menos ser motivo de nuevos enfrentamientos. Por otra parte podemos decir, ¿y los leoneses que tienen que ver en esto? ¿quién los representa?, no es de extrañar que muchos de ellos no estén de acuerdo y se ausenten y distancien. Más cosas se podían decir, pero creo que no es necesario echar más leña al fuego.

    No son los Comuneros un hecho de nuestra historia para festejar y menos para la fiesta de la Comunidad, aunque sí, desde luego, debemos recordarlos con admiración, pero  de otra manera, pues reivindicar  sus ideales, que fueron entonces contrapuestos y hoy obsoletos, siguen absurdamente enfrentando  a  castellanos y distanciando de ellos a los leoneses.

    Esta manera tan desacertada de ver las cosas, usurpó entonces el liderazgo de esta Comunidad a una figura  de grandeza histórica, aquél Rey hijo de Alfonso IX, Rey de León y de Doña Berenguela, Reina de Castilla, que por derecho le pertenece, pues fue el Rey que unió estos dos reinos, el que hermanó para siempre a castellanos y leoneses, el que luchó sin cuartel hasta conseguir que estas tierras fueran una sola tierra, una sola idea, el llamado Fernando III Rey de Castilla y León. Muchos historiadores conceden a esta figura histórica una importancia solamente igualada por Isabel la Reina Católica, y muchas instituciones, como la propia Iglesia Católica, consciente de su liderazgo político, social y cristiano, de su fama popular,  quiso hacerlo suyo, canonizándolo muchos siglos después de su muerte. Otros regímenes políticos recientes, no menos conocedores del personaje, lo incluyeron sin dudas en su haber y fue en su ideología, durante mucho tiempo,  ejemplo de las juventudes, de los flechas y pelayos... Las malas lenguas dicen que por todos estos motivos, los políticos de entonces  quisieron desmarcarse del personaje tratando de buscar otra orientación, pero los inventos históricos no progresan, ni son, ni serán éxitos, por mucho que se intente.

 

                                                                                     José Herrero Vallejo

lunes, 9 de mayo de 2016

Historia y la Banda Dorada


LA MUJER PALENTINA Y  LA BANDA DORADA
DE  JUAN  I  DE  CASTILLA


A las mujeres palentinas
                                                                                                  
            
           Estaban todavía  las tierras castellanas impregnadas  de dolor y odio, cuando un sonoro  tañido de  campanas, doblando a muerto,  extendía su lúgubre sonido por  villas y ciudades,  paralizando la vida de aquellas gentes. Anunciaban, en la lejana mañana de un 29 de mayo de 1.379,  que el  Rey de Castilla y León, Nuestro Señor, había entregado  el alma a Dios, un alma regia, de 46 años de edad,llena de guerras, rebeldías, crueldades, traiciones, engaños, triunfos, derrotas y hasta de un fratricidio.
           
Era muerto el Rey Enrique II de Trastámara, un infante bastardo, que había arrebatado diez años antes el trono de Castilla a su hermanastro, Pedro I llamado Cruel, quitándole la vida en una pelea cuerpo a cuerpo, en los campos de Utiel. Sus partidarios, los trastamaristas, decían que era venganza necesaria pues el Cruel había asesinado a muchas de sus gentes, a hermanos y hasta a  la favorita de  su padre, el rey Alfonso el Onceno, doña Leonor de Guzmán. en las tierras de Talavera, que desde entonces llevan su nombre. Sus contrarios, los petristas, con las hijas del rey depuesto al frente, y la misma corte inglesa, le exigían el trono arrebatado; y él, el Rey,  para contentar a unos y a otros. repartió prebendas y cuanto pudo entre sus súbditos, y por ello le llamaron  Enrique el de las Mercedes.

Este trono de origen tan torcido, y que tantos quebraderos de cabeza daría al poseedor de tal corona, lo heredó su hijo primogénito, Juan  I de Castilla, uno de los protagonistas de esta historia palentina. Era este rey un joven de 21 años, frágil, pálido, de barba cerrada del que se dijo que ya en su juventud  se hallaba profundamente enamorado de Leonor, y que se casaría con ella porque así estaba grabado en su corazón. Así fue y meses más tarde de haber sido proclamado rey,  doña Leonor, hija del rey de Aragón, Pedro IV el Ceremonioso, trajo al mundo su primer  hijo, al  que llamó Enrique, como su abuelo, otro protagonista de la historia que pretendemos contar.

Se eligió para su coronación una fecha precisa, la del 25 de Julio del mismo año de la muerte de su padre, porque es la fiesta del Señor Santiago y en el Monasterio de las  Huelgas de Burgos, en una ceremonia de gran solemnidad litúrgica, con la presencia de los nobles y grandes eclesiásticos,Castilla tuvo nuevo Rey. Dicen las crónicas que fue el mismo apóstol Santiago, representado en una pequeña estatuilla de madera, el que le armó caballero propinándole un “golpe”  con su brazo derecho articulado, que portando una espada, accionó el propio rey mediante un cordel.

Quiso Juan corresponder a tal dignidad regia ejerciendo como un verdadero rey cristiano. Decidió ser fiel a Dios, actuar y vivir según sus austeras maneras de entender las cosas, pues  había nacido y criado en el destierro, sabía bien lo que era vivir de esperanzas y había pasado por toda clase de infortunios. Se acabaron para la Corona de Castilla los hijos bastardos, las aventuras amorosas que tantas miserias habían traído a estas tierras, quiso  cumplir con un deber regio, a veces pesado deber, como el mismo diría años más tarde,acuciado por tantos desafíos y desgracias. De este rey, joven y generoso, educado en la austeridad, podía esperarse de él un reinado largo y afortunado, pero el destino no lo quiso así.

Su ilusión, su ánimo de reinar con acierto, se encontró de lleno, al principio de su reinado, con el recién creado Cisma de Occidente, que en tal difícil y triste situación colocó a la Iglesia de Roma. La cabeza de la Iglesia se había hecho bicéfala y unos estaban a favor del papa de Roma Urbano VI, del que parece ser estaba de su parte la legalidad y otros del disidente Clemente VII, afincado en Avignon. La estrecha alianza con Francia, partidaria de este último, las opiniones de obispos, abades, eclesiásticos de nota, del arzobispo de Toledo Don Pedro Tenorio, del cardenal Don Pedro de Luna y en general la conveniencia del rey de tener un papa que en cierta forma debiese su poder a su ayuda, hizo que Castilla se hiciera clementista. Quizás el tiempo le pasaría factura por esta decisión, por pretender que la Iglesia estuviera a su lado, obediente a su poder, haciendo caso omiso a la legalidad.

Heredó de su padre la amistad y alianza con Francia, dogma de los reyes de esta dinastía y además un problema dinástico muy grave, demasiado grave,tan grave como  las aspiraciones a la corona castellana de Constanza, hija   de Pedro I el Cruel, casada con el inglés Juan de Gante, duque de Lancaster, tío del rey Ricardo II de Inglaterra, al quién ya  en la corte inglesa le consideraban como único y verdadero  rey de Castilla y León.

Constantes fueron durante estos primeros años de reinado los acosos bélicos de ingleses y enemigos portugueses a las tierras castellanas y leonesas, guerras de frontera, pero a pesar de sus constantes y repetidas embestidas, supo este rey defenderse y crear desconcierto entre unos y otros y de esta forma, afianzar su prestigio político y guerrero entre sus súbditos, aunque las arcas reales se resentían y mermaban. Es posible que los acontecimientos que dieron origen a esta historia de la banda que hoy nos entretiene, sucediera en estas épocas, bien en el año 1.380, o quizás en 1.381-82, e incluso más tarde en 1.387, las noticias de  los historiadores son confusas, pero cierto es que este rey distinguió el valor y arrojo de la mujer palentina con la concesión  de una banda para colocar sobre su vestido.

Siguiendo el ritmo de la historia, sucedió que la reina Leonor, esposa de nuestro rey, murió en 1.382 en el alumbramiento de una hija que tampoco le sobrevivió y Juan, el Rey, se encontró, a la edad de veinticuatro años, viudo y con dos hijos de corta edad: uno, el primogénito Enrique que ya le hemos nombrado, el segundo el infante don Fernando que hablaremos de él, si este escrito no se alarga demasiado.

A pesar de su preocupación juvenil por acertar en el mando del reino, aconsejado por unos y otros se decidió, por razones políticas,  la necesidad de un nuevo matrimonio y la propia ambición del joven rey castellano, le llevó a elegir a la heredera del trono de Portugal, Beatriz, de 10 años de edad, la única hija del Rey Fernando I, un rey moribundo carcomido de  tuberculosis. Y así fue como en una mañana del 14 de mayo 1.383, en la catedral de Badajoz, con gran solemnidad de lujo y belleza, tuvo lugar la boda real, aunque algunos ya podían vislumbrar, mas allá de las fiestas, las nuevas desgracias que acechaban.

Pocos meses más tarde murió el rey de Portugal, Fernando y nuestro rey Juan quiso valer sus derechos sobre este territorio, pero se  encontró con la oposición de las gentes portuguesas que no querían a Castilla y la consigna “muerte a los castellanos”se extendió por las tierras hermanas. El maestre de Avis  encabezó la revuelta, y despertó el sentimiento nacional portugués que había prendido profundamente en la gente del pueblo y que impulsaba a la resistencia. El clamor popular  llevo a este personaje a ser aclamado rey y dirigir el enfrentamiento contra los ambiciosos castellanos leoneses.

¿Renunciar a Portugal? En modo alguno, dijo Juan y con coraje y deseo imperioso, ordenó la invasión  del ansiado territorio portugués,  desencadenándose entre ambos bandos una guerra guerreada por un potente  ejército castellano que pretende arrollar a un ejército anglo portugués que acude a la táctica de la tierra quemada, a la interrupción de vías de comunicación, a las dificultades  de avituallamiento, a la toma de posiciones,estrategias, todas ellas, de la inteligencia anglosajona.

Y así, el todo del ejército castellano, en un aciago día  14 de agosto de 1.385, dirigió sus malos pasos, en perfecta formación, hacia lugares no elegidos, hacia campos con ventaja cuidadosamente preparados por el enemigo.Todavía hoy se recuerda la derrota de la batalla de Aljubarrota, donde el orgullo castellano mordió tierra, donde estandartes y pendones victoriosos en tantas batallas fueron derribados y presos, donde condestables y mariscales de campo, descabalgados, fueron pasados a cuchillo por peones y cuchilleros, donde cientos de pechos castellanos fueron flechados por los arqueros ingleses, donde la pesada caballería castellana no pudo revolverse  en aquellos terrenos donde tantas cosas sucedieron y donde el rey salvó la vida tomando prestado el caballo de su mayordomo que murió en la batalla, cumpliendo así el alto deber de fidelidad al dar la vida por su señor.

La noticia de tan abultada derrota, llegó pronto a tierras inglesas, donde Juan de Gante, duque de Lancaster, había  contraído matrimonio, años antes, en segundas nupcias, con Constanza, hija del denostado rey de Castilla Pedro I y a quién le había sido reconocida su legitimidad a pesar de ser hija de María de Padilla, amante del rey Cruel.  Muchos habían sido con anterioridad los intentos fallidos del duque inglés por apoderarse de la corona castellana, pero ahora parecía que esta gran derrota favorecería tal ambición. Los preparativos fueron cuidadosamente organizados, y el mismo duque se hizo llamar Juan I en castellano, imitó hasta en el vestido a su homónimo rival. Su sobrino, el rey inglés Ricardo II, le regaló una corona de oro para que pudiera utilizarla en la ceremonia de su coronación castellana y el papa de Roma, Urbano VI, firmó una bula en la que daba al duque el título de único legítimo rey de Castilla. Mas de noventa buques de distinto calado recibieron la orden de concentrarse en el puerto de Plymouth con destino a la península, se predicó una cruzada llamando a la guerra a caballeros y soldados, y  la corona inglesa invirtió 200.000 doblas en esta  empresa con la condición de una vez conseguidos los objetivos, fueran devueltas a las arcas reales.

Alarma y pánico produjeron en Castilla las noticias llegadas de ultramar, y en situación tan comprometida, se suplicó al rey que abandonara la melancolía y los vestidos de luto que venía usando desde la derrota de Aljubarrota. Hubo llamada a Cortes, y se ordenó a todo el mundo que se preparase para la lucha pues ahora no se trataba de conquistas, sino de defender la propia tierra. Todos, hasta los más pobres debían de aportar un arma, los mas ricos caballo, espada o lanza y sobre todo, se necesitaba dinero.

Los ingleses desembarcaron en La Coruña el 25 de julio de 1.386,  y el duque rey y su mujer Constanza, se dirigieron a Santiago para hacer solemne entrada en la catedral y hacer constar sus derechos frente al Apóstol. El cuartel general invasor se estableció en Orense y desde allí se dirigían las operaciones militares, y aunque el reino en tierras gallegas no ofrecía resistencia, tampoco adhesión, y cuando los ingleses se retiraban de villas y pueblos tomados, sus habitantes volvían de nuevo a la obediencia de su rey. Los castellanos se habían preparado para una guerra defensiva, lenta y de desgaste, fortaleciendo las guarniciones que daban paso a la meseta. La peste, la resistencia castellana, la falta de víveres, el desconcierto y bajo interés de las tropas mercedarias inglesas, hizo  pensar por vez primera al duque que sus perspectivas de victoria no eran seguras. Pero a pesar de ello, y con mas énfasis si cabe, avanzaba con su ejército y arremetía contra las líneas defensivas situadas ya en Tierra de Campos, con peligro de la residencia real situada en Valladolid. Juan I, ya de ánimo más crecido, sacando fuerzas de flaqueza, concentraba  tropas y concedía el estado de hidalgo a todos los ciudadanos que acudiesen a la batalla armados a su propia costa y así, muchos hombres de la comarca de Campos, se dirigieron al encuentro del enemigo que rechazado en la villa Valencia de Don Juan, había llegado a la pequeña Valderas. Y allí comprobó el duque que su causa era perdida, pues el enemigo escapaba a los golpes y destruía las patrullas enemigas, y antes preferían perderse todos que someterse a quién no era sino un príncipe extranjero.

Y cuando la historia se hace leyenda, y la misma leyenda quiere ser historia, se dice que el duque, en una retirada todavía no meditada, emprendió una operación de castigo y llegó a la ciudad de Palencia, vacía de hombres de guerra, pretendiendo subyugarla, encontrándose de nuevo con el mismo ardor castellano que conocía, pero en este caso era un ardor  que descansaba en la valentía de sus mujeres. Historia y leyenda dicen que la tropa voluntaria existente, mujeres al mando de niños y ancianos increpaban a los  ingleses desde la muralla y les hacían ver su animosidad, amedrentándolos, desafiándoles a la lucha. Tanto ánimo y arrojo disuadió a los experimentados y castigados ingleses, que desposeídos de toda esperanza de victoria, emprendieron una definitiva retirada hacia tierras amigas portuguesas, donde fueron acogidos.

Vuelve la leyenda a injerirse en la historia y dejándose querer, dice que Juan I, enterado e impresionado por esta hazaña,  que  tal vuelco bélico dio a la campaña, quiso premiar esta valentía y arrojo de la mujer palentina concediéndole la distinción y el honor de vestir para siempre, sobre sus ropas de gala, la banda dorada, que cruzará su pecho desde el hombro izquierdo hasta debajo del brazo derecho, al igual que lo hacen los caballeros de la Orden de la Banda, fundada por su abuelo el rey Alfonso XI y cuyo Alférez Mayor de esta Orden fue, en esta época que tratamos, el Canciller y famoso cronista Pero López de Ayala,  víctima también de la derrota de Aljubarrota, pues cayó prisionero y permaneció varios meses encerrado en una jaula.

Desde entonces, y más en estos últimos años, es un orgullo ver en días de fiesta grande por nuestras  plazas y calles palentinas a las mujeres engalanadas con sus trajes típicos, y lucir en el pecho esta banda dorada que nos recuerda hechos, que aunque pertenecen a la oscuridad de los tiempos, forman parte de nuestra historia, esa historia que los pueblos, lejos de olvidar, deben de mantener siempre presente,  como verdaderas señas de identidad.

La Casa Regional de Palencia en Madrid, que en este año 2004 cumple 100 años de existencia, ha dedicado  siempre gran atención a este hecho histórico y en varias ocasiones ha celebrado actos de imposición de la  Banda Dorada a las mujeres palentinas distinguidas por su dedicación y atención a la causa de nuestra capital y provincia.

 Con gran solemnidad, en un acto dirigido por D.ª M.ª Teresa Ruiz de la Parte, en la Sala de Mujeres Heroínas del Museo del Ejército de Madrid, al lado de una mesa,  en cuyo  tablero tiene grabado un texto que recuerda y conmemora este hecho, la Casa de Palencia impuso esta distinción en el año 2.002 a las mujeres palentinas que aparecen en la fotografía.

Tablero de mesa en mármol con inscripciones referidas en el texto. Permaneció durante años expuesta en la Sala de Heroínas en el Museo del Ejército. Madrid.


   A pesar de tener sensación de haber rebasado los límites de espacio asignados para la exposición de esta historia, no tenemos más remedio que continuar, pues todavía quedan relatos de los sucesos medievales que tuvieron lugar en Palencia  y que son en este tiempo actualidad. 

El rey y el duque, cansados de guerrear, desgastados en la lucha de querer uno lo que era del otro y el otro de defender lo suyo, mantenían negociaciones secretas   y al final encontraron en sus hijos la solución a los graves problemas que les enfrentaban, acariciando en sus jóvenes cuerpos la paz tan deseada y acallando de este modo el temido rumor de las armas.

Mediante el tratado de  Bayona, acordado entre ambas partes, los ingleses renunciaban a los derechos de la corona, reconocían a Juan I como el verdadero monarca de Castilla y León y recibirían como compensación económica a los gastos realizados en la campaña fallida,  cifras verdaderamente exageradas, como nunca antes se manejaran en negociación diplomática alguna, pagos e indemnizaciones en oro y plata, que llenaron de impuestos y empobrecieron los campos castellanos. 

Pero la exigencia del tratado, la primera condición establecida, fue que Enrique y Catalina contrajeran matrimonio y fueran además reconocidos y jurados por las Cortes como únicos sucesores en el trono de Castilla. La sangre de Pedro I volvería a reinar, para descanso de petristas  y alivio de la dinastía de los Trastamara, que conocían bien la irregularidad de sus orígenes.

 Don Enrique, primogénito de Juan I, era sólo infante y  de acuerdo con una costumbre establecida ya en otras naciones, se aprobó en las Cortes celebradas en Palencia en estas fechas, por vez primera en Castilla, la asignación  del título  de príncipe para el heredero de la corona a partir del momento en que fuese considerado como tal. Se eligieron los dominios jurisdiccionales que engloban las tierras asturianas, sus posesiones y sus rentas con el título de Principado, como privativo para el heredero de la corona en el momento de tomar posesión de la heredad. Y fueron las tierras asturianas y no otras las elegidas, porque ellas tuvieron mucha importancia en el nacimiento de la dinastía Tratámara, fueron propiedad de la corona y ahora  estaban en peligro de ser separadas por la traición de Alonso,conde de Oviedo, señor de Noreña y Paredes de Nava,  hermano bastardo de Enrique rey, que hacía pactos con portugueses e ingleses.

 En vísperas de su matrimonio, se entregó al infante Enrique el título y posesión del Principado de Asturias y un día próximo al pasado 17 de Septiembre de 1.388, Enrique, un niño endeble de 10 años de edad, que la historia le llamó el Doliente, entró en la catedral de Palencia por una puerta que desde entonces se llama de los Novios, acompañado de su novia Catalina de maneras ”mucho fea, que todo pereciere home como mujer”, para salir de ella unidos como marido y mujer, Príncipes de Asturias, herederos de la Corona de Castilla y León.

Nadie sospechaba  entonces, la desgracia que sucedería  dos años más tarde, pero dejemos a los cronistas de la época que continúen con el relato… "procedentes del África lejana, llegaron a la ciudad de Alcalá cincuenta jinetes en cincuenta briosos corceles blancos, caballeros de profesión cristiana que se decían descendientes de godos y a los que llamaban Farfanes. Ejercitados a la manera de la milicia africana, dominaban la destreza de volver y revolver los caballos con toda ligereza, en saltar con ellos, en correrlos, en apearse y jugar de las lanzas y todo el espectáculo a sueldo del rey de Marruecos. Próximo a aquel lugar, quiso el rey Nuestro Señor Juan de Castilla, un domingo 9 de octubre de 1.390, después de misa, ver lo que hacían tales caballeros y salió al campo acompañado de sus Grandes y Cortesanos, en caballo muy hermoso y lozano. Antojósele de correr una carrera, arrimóle las espuelas, corrió por campos recién arados, tropezó el caballo en los surcos desiguales y cayó al suelo, con tanta furia, que quebrantó al Rey, que no era ni muy recio ni muy sano, de guisa que a la hora rindió el alma: caso lastimoso y desastre no pensado".

Y así fue como los   Príncipes de Asturias, Enrique y Catalina, denominados de esta guisa por primera vez en la ciudad de Palencia, fueron llamados a reinar……


José Herrero Vallejo


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